Ya no me llames a la puerta, María, aquí me quedo en lecho lúgubre esperando la muerte devastadora y fría. De un amor venenoso me enfermé en las calles oscuras de la noche; por el corazón se me entró dulcemente y sin pesar Cuando pienso en ella aún oigo los grillos cantar, tristes músicos de noches en vela. Tambuleando por el camino, el alma llena de ansias; al hallarla encontré mi destino. Ya no te preocupes por mí, María, tan lejos estoy de esta vida; vuelvo los ojos para adentro, sigo el pulso de mi corazón enfermizo y lento. La enfermedad sigue su curso, robándome la dulce vida mía; casi puedo percibir ángeles cantando en divina armonía. Mi mente se turba, mi visión se marea, adiós, María, mi hermana mi viaje comienza; como un barco soy que se desembarca de una rubia playa de arena . . . |