A Edouard Manet lo podemos considerar una figura a caballo entre dos mundos: El Realismo y el Impresionismo. Son muchos los que han calificado su estilo como Naturalista por cuanto se basa en la observación de la realidad y en la plasmación de ésta sin violación ninguna. Viajó a España, le impresionó su forma de vida, sus costumbres, el folclore, el mundo de toreros y manolas. Aquí, tuvo la oportunidad de conocer el arte de pintores de la talla de Velázquez y Goya, ambos influyen en su obra definitivamente. Manet es un pintor de la vida moderna, él encarna el prototipo de artista que reclamaba Baudelaire. Bien es verdad que sus obras suscitaron escándalos de los más conocidos en la Historia del Arte, pero nuestro pintor nunca se propuso ser un radical indómito, al modo de Courbet. Simplemente el mundo no estaba preparado para asumir un arte lleno de verdad como el suyo, una pintura en que la vida se presenta tal cual, sin adorno ni metáfora. En 1863 presenta su Desayuno sobre la hierba (Déjeuner sur l´herbe), la obra suscitó la hostilidad entre los críticos conservadores y supuso un gran descubrimiento para un grupo de jóvenes que más tarde encarnarían el espíritu del Impresionismo. Es sabido que el tema ya contaba con antecedentes del Renacimiento: Giorgione, Tiziano, Rafael..., pero Manet lo interpreta adecuándolo a la modernidad. Lo mismo sucede con su Olimpia. Para su desnudo, no necesitó diosas ni musas como en el Renacimiento y el Barroco, ni refinamientos sutiles de línea ingresca, sino que presenta el desnudo de una prostituta, una mujer de la vida contemporánea. Allí donde todos vieron burla no había más que modernidad y veracidad. Para captar la realidad y su fugacidad se hizo
inevitable la utilización de una pincelada rápida y empastada. Este rasgo es
el que después identifica al Impresionismo.
Sin duda, podría afirmarse que con Manet se inaugura la pintura moderna.
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