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 El ingenioso hidalgo
Don Quijote de La Mancha
1ª PARTE DEL QUIJOTE (1605)IIIIIIIVVVIVIIVIIIIXXXIXIIXIIIXIVXVXVIXVIIXVIII
DedicatoriaXIXXXXXIXXIIXXIIIXXIVXXVXXVIXXVIIXXVIIIXXIXXXXXXXIXXXIIXXXIIIXXXIVXXXVXXXVI
PrólogoXXXVIIXXXVIIIXXXIXXLXLIXLIIXLIIIXLIVXLVXLVIXLVIIXLVIIIXLIXLLILII


CAPÍTULO V
Ilustración de G. Doré
Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero.

Viendo, pues, que, en efeto, no podía menearse, acordó de acogerse a suordinario remedio, que era pensar en algún paso de sus libros; y trújole sulocura a la memoria aquel de Valdovinos y del marqués de Mantua, cuandoCarloto le dejó herido en la montiña, historia sabida de los niños, noignorada de los mozos, celebrada y aun creída de los viejos; y, con todoesto, no más verdadera que los milagros de Mahoma. Ésta, pues, le pareció aél que le venía de molde para el paso en que se hallaba; y así, conmuestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar por la tierra y a decircon debilitado aliento lo mesmo que dicen decía el herido caballero delbosque:

-¿Donde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal.
Y, desta manera, fue prosiguiendo el romance hasta aquellos versos quedicen:

-¡Oh noble marqués de Mantua,
mi tío y señor carnal!
Y quiso la suerte que, cuando llegó a este verso, acertó a pasar por allíun labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que venía de llevar una cargade trigo al molino; el cual, viendo aquel hombre allí tendido, se llegó aél y le preguntó que quién era y qué mal sentía que tan tristemente sequejaba. Don Quijote creyó, sin duda, que aquél era el marqués de Mantua,su tío; y así, no le respondió otra cosa si no fue proseguir en su romance,donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperantecon su esposa, todo de la mesma manera que el romance lo canta.

El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates; y, quitándole lavisera, que ya estaba hecha pedazos de los palos, le limpió el rostro, quele tenía cubierto de polvo; y apenas le hubo limpiado, cuando le conoció yle dijo:

-Señor Quijana -que así se debía de llamar cuando él tenía juicio y nohabía pasado de hidalgo sosegado a caballero andante-, ¿quién ha puesto avuestra merced desta suerte?

Ilustración de G. Doré

Pero él seguía con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buenhombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si teníaalguna herida; pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle delsuelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecercaballería más sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza,y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro alasno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparatesque don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido yquebrantado, no se podía tener sobre el borrico, y de cuando en cuando dabaunos suspiros que los ponía en el cielo; de modo que de nuevo obligó a queel labrador le preguntase le dijese qué mal sentía; y no parece sino que eldiablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque,en aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez,cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevócautivo a su alcaidía. De suerte que, cuando el labrador le volvió apreguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mesmas palabras yrazones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, delmesmo modo que él había leído la historia en La Diana, de Jorge deMontemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan a propósito, que ellabrador se iba dando al diablo de oír tanta máquina de necedades; pordonde conoció que su vecino estaba loco, y dábale priesa a llegar alpueblo, por escusar el enfado que don Quijote le causaba con su largaarenga. Al cabo de lo cual, dijo:

-Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifaque he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho,hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean niverán en el mundo.

A esto respondió el labrador:

-Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo deNarváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestramerced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señorQuijana.

-Yo sé quién soy -respondió don Quijote-; y sé que puedo ser no sólo losque he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los Nuevede la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno porsí hicieron, se aventajarán las mías.

En estas pláticas y en otras semejantes, llegaron al lugar a la hora queanochecía, pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, porque noviesen al molido hidalgo tan mal caballero. Llegada, pues, la hora que lepareció, entró en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual hallótoda alborotada; y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que erangrandes amigos de don Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces:

-¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez -que así sellamaba el cura-, de la desgracia de mi señor? Tres días ha que no parecenél, ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza ni las armas. ¡Desventurada demí!, que me doy a entender, y así es ello la verdad como nací para morir,que estos malditos libros de caballerías que él tiene y suele leer tan deordinario le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído decirmuchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante eirse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a Satanás ya Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más delicadoentendimiento que había en toda la Mancha.

La sobrina decía lo mesmo, y aun decía más:

-Sepa, señor maese Nicolás -que éste era el nombre del barbero-, que muchasveces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmadoslibros de desventuras dos días con sus noches, al cabo de los cuales,arrojaba el libro de las manos, y ponía mano a la espada y andaba acuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado, decía que habíamuerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba delcansancio decía que era sangre de las feridas que había recebido en labatalla; y bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano ysosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que lehabía traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Mas yo metengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparatesde mi señor tío, para que lo remediaran antes de llegar a lo que hallegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos, quebien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes.

-Esto digo yo también -dijo el cura-, y a fee que no se pase el día demañana sin que dellos no se haga acto público y sean condenados al fuego,porque no den ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debede haber hecho.

Ilustración de G. Doré

Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acabó deentender el labrador la enfermedad de su vecino; y así, comenzó a decir avoces:

-Abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua,que viene malferido, y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo elvaleroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera.

A estas voces salieron todos, y, como conocieron los unos a su amigo, lasotras a su amo y tío, que aún no se había apeado del jumento, porque nopodía, corrieron a abrazarle. Él dijo:

-Ténganse todos, que vengo malferido por la culpa de mi caballo. Llévenme ami lecho y llámese, si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y catede mis feridas.

-¡Mirá, en hora maza -dijo a este punto el ama-, si me decía a mí bien micorazón del pie que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora,que, sin que venga esa Hurgada, le sabremos aquí curar. ¡Malditos, digo,sean otra vez y otras ciento estos libros de caballerías, que tal hanparado a vuestra merced!

Lleváronle luego a la cama, y, catándole las feridas, no le hallaronninguna; y él dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran caídacon Rocinante, su caballo, combatiéndose con diez jayanes, los másdesaforados y atrevidos que se pudieran fallar en gran parte de la tierra.

-¡Ta, ta! -dijo el cura-. ¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada, queyo los queme mañana antes que llegue la noche.

Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otracosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más leimportaba. Hízose así, y el cura se informó muy a la larga del labrador delmodo que había hallado a don Quijote. Él se lo contó todo, con losdisparates que al hallarle y al traerle había dicho; que fue poner másdeseo en el licenciado de hacer lo que otro día hizo, que fue llamar a suamigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de don Quijote,

CERVANTES