EL ROMANCERO
 

 
    1.-  Lo forman diferentes poemas -romances- con número indefinido de octosílabos -versos de ocho sílabas-, de rima asonante en los versos pares. En ocasiones se han visto como dieciseisílabos monorrimos. También existen romances de seis o siete sílabas -romancillos y endechas-.
 
   El más antiguo de los que conservamos hoy, Gentil dona, gentil dona, se copió hacia 1421 en el cartapacio del estudiante mallorquín Jaume de Olesa y se conserva en la Biblioteca Nacional de Florencia. De finales de esa década sería El arzobispo de Zaragoza (1429), ambientado en tiempos de Alfonso V, y algo posterior Alfonso V y la conquista de Nápoles (anterior a 1448), ambos encontrados en cartapacios notariales.
   El Cancionero de Estúñiga (h.1460-63) recoge romances de Carvajales; por otro lado, el Cancionero de Herberay des Essarts (h.1462-65) -Ms.Add.33383- y el Cancionero de Rennert (h.1475-1500) -Ms.Add.10431-, ambos del British Museum, ofrecen breves muestras manuscritas de romances -tres atribuidos a Rodríguez del Padrón, en éste último-. Otros ejemplos se hallan en el Cancionero de Palacio.

Romance copiado por Jaume de Olesa


1511: Cancionero General
de Hernando del Castillo
    2.-  Desde el siglo XVI se imprimen, bien en pliegos sueltos, bien en libros. Un pionero es el Cancionero General de Hernando del Castillo, desde su primera edición de 1511. Le siguen obras peor conocidas, como el Libro de los cincuenta romances (h.1525). Las grandes colecciones aparecen con las sucesivas ediciones del Cancionero de Romances (Amberes, desde 1547), la Silva de Romances, (Zaragoza, 1550-51) o el Romancero General, (Madrid, 1600), entre los más sobresalientes.
Libro de los
cincuenta romances

(h.1525)

Cancionero de romances
(Amberes, s.a.)
    3.-  La antigüedad del Romancero preocupó a los eruditos del siglo XVIII. Una hipótesis, seguida por Menéndez Pidal, busca su origen en el siglo XIII, pero lo recopilado hoy incluye datos sólo desde el siglo XV, abundantes en el XVI.
   Se ha observado que los primeros ejemplos proceden de la zona aragonesa, próxima al entorno catalán y a la figura de Alfonso V de Aragón.
 
    4.-  Interesa la clasificación o tipología de los romances. Entre los primeros aparecen los llamados romances trovadorescos: poemas de autor y composición culta, que pondrían en duda la existencia de un "Romancero viejo". Existen romances de tema épico -¿inspirados en cantares de gesta?-, de tema novelesco -tradición hispánica, artúrica, carolingia, clásica o bíblica- o de carácter histórico-noticiero -sobre temas contemporáneos a los romances, incluyendo los de tema morisco-.

Cancionero de romances
(Amberes, 1550)


Silva de romances
(Zaragoza, 1550)
    5.-  Es sorprendente lo heterógeneo de su origen y sus rasgos formales: algunos consisten en escenas de carácter lírico, que comienzan in medias res y presentan una narración fragmentaria. Muchos presentan alternancia de tiempos verbales, repetición de sintagmas al comienzo del poema y, otros, escenas dialogadas que agilizan los textos.
 
    6.-  La condición de los romances es compleja: el Marqués de Santillana y Juan de Mena los miraron como poesía ínfima. Desde sus orígenes aparecen modificados mediante procedimientos como la glosa y la contrahechura. Enseguida se incluirán en libros de música, como los manuales de vihuela de Luis Milán o Alonso de Mudarra, que pudieron modificarlos oportunamente.

Romancero General
(Madrid, 1600)

Robo de Elena
    7.-  Una visión completa del Romancero implica atender la composición de romances cultos -quizá ya desde las Guerras Civiles de Granada (1595) de Pérez de Hita- de los Siglos de Oro a nuestros días. Se completa con colecciones diferentes, como las del romancero sefardí o los llamados romances vulgares, que llegaron hasta el siglo XX. Si representan o no el Volkgeist español es una pregunta sin respuesta, pero su recopilación es parte de la recuperación de la literatura popular de diversos pueblos, que vieron el Romancero como equivalente de la balada europea. Hoy continúa siendo un atractivo tema de trabajo para los investigadores.
Romancero sefardí

D.Miguel Pérez Rosado.
Doctor en Filología