LA POESÍA ESPAÑOLA DE POSGUERRA
 



 

Primer número de Escorial

 
    1.-  La Guerra civil española (1936-1939) provocó una ruptura en nuestras letras: algunos autores mueren en ella, fusilados, encarcelados o de muerte natural y otros continuarán su labor en el exilio. Sólo unos pocos de los que escriben tras el conflicto eran principiantes en 1936.
 
   La más difundida en un principio será la poesía de los vencedores, donde destaca el gaditano José María Pemán (1898-1981) con su Poema de la Bestia y el Ángel (1938), extraña mezcla de épica política.
 
   Los temas más frecuentes de esta época son el amoroso, el religioso y el imperial, que, a menudo se refleja en descripciones de ciudades o lugares destacados en la guerra.
 
    2.-  En 1940 surge un primer intento de conciliación, con la fundación de la revista Escorial, dirigida por el soriano Dionisio Ridruejo (1912-1975).
 
   Adicto al régimen de Franco, evolucionó desde obras como Poesía en armas (1940), a posturas más abiertas, tras una crisis en los años 1940-41.

Primer número de Garcilaso
   La revista más representativa de la posguerra franquista fue Garcilaso. Juventud creadora (1943-46), dirigida por el ovetense José García Nieto (1914). Pese a su poesía retórica, clasicista y poco comprometida, imitadora de los sonetos de Germán Bleiberg, acogió colaboraciones de tendencias diferentes, que ampliaron su planteamiento inicial.
 
   Radicalmente opuesta fue la revista leonesa Espadaña (1944-1951), fundada por Antonio G. de Lama, Eugenio de Nora y Victoriano Crémer. Su línea, comprometida socialmente, le valió el nombre de tremendista y puso en peligro a sus colaboradores ante el régimen de Franco.

Primer número de Espadaña con un poema de Crémer

    3.-  De la primera de las revistas citadas surge un grupo de poetas falangistas, que buscan una poesía intimista, sencilla y directa. Se les incluyó en una supuesta Generación de 1936, pero parece más razonable el rótulo de grupo Escorial, por la revista de que partieron.

Portada de
Poesía en armas
   Lo forman Dionisio Ridruejo, de quien ya hemos hablado; Luis Felipe Vivanco, nacido en El Escorial (Madrid 1907-1975), y autor de libros como Continuación de la vida (1949); el leonés Leopoldo Panero (1909-1962), autor de Escrito a cada instante, publicado el mismo año que la obra citada de Vivanco.
 
   Finalmente, el granadino Luis Rosales (1910-1992), del que destaca La casa encendida -inicialmente publicada en 1949 y definitivamente retocada en 1967-. Poetiza una entrañable colección de vivencias y una de las mejores obras líricas de la posguerra.

Edición moderna de
La casa encendida

Portada de
Hijos de la ira
    4.-  Del año 1944 arranca el despertar más violento de la poesía española: Hijos de la ira de Dámaso Alonso (1898-1990), libro desgarrado que representa la poesía desarraigada , es decir, que no se apoya en una vivencia: religión, patria, política o familia. Su tono conversacional la asocia al existencialsmo -angustia por la existencia- de los años 40.
 
   Otro poeta del 27, Vicente Aleixandre, marcará la dirección de la lírica de esta época con Sombra del paraíso (1944), en que el dolor se expresa desde la perspectiva del paraíso perdido y de la humanidad alejada de su destino.
    5.-  De la revista Espadaña destacaron dos de sus fundadores: el burgalés Victoriano Crémer (1906) y el leonés Eugenio de Nora (1923). Los dos realizaron una poesía comprometida y arraigada en la sociedad de su tiempo, y el segundo publicó, de forma clandestina, en 1946, Pueblo cautivo, en que aludía a la guerra civil y al dolor de los vencidos. Ambos escriben una poesía impura y humanizada, que conectaba con la línea de Pablo Neruda de los años 30 y aludía a los problemas obreros. Tropezó, en ocasiones, con la censura de su momento.
 
    6.-  La verdadera conmoción en la poesía de posguerra, llegó con la producción del bilbaino Blas de Otero (1916-1979). En 1942 publica su Cántico espiritual, con evidentes resonancias de San Juan de la Cruz, cuyo centenario se celebraba ese año.

Contemplación del tiempo (1948)
   Una crisis espiritual le lleva a una poesía existencial, desarraigada y expresionista.

Segunda edición de Ancia
    De aquí brotan Ángel fieramente humano (1950) y Redoble de conciencia (1951), que se ampliaron en 1958, en un libro que uniría la primera sílaba del primero con la segunda del último: Ancia (1958), al que añadiría 36 poemas inéditos. Dignificó el soneto, con el inicial: "Es a la inmensa mayoría, fronda". La obra de Blas de Otero se revuelve contra toda la poesía religiosa de su momento y la imagen tradicional de Dios
 
   Desde 1951, se afilia al Partido Comunista de España y viaja por Rusia, China y otros países. Publica Pido la paz y la palabra (1955) y Que trata de España, (Ruedo Ibérico, 1964), entre otros. Escribe poesía social, volcada a la inmensa mayoría, que recogerá en sus antologías País (1955-1970) (1971) o Verso y prosa (1974).

Verso y prosa (1974),
antología realizada
por el autor
   Al recuerdo que le dedicaron los poetas actuales, se suma el de Hilario Camacho en "Igual que vosotros" y el de Paco Ibáñez.
    7.-  Dos nombres destacan dentro de esta poesía existencial: una, de vertiente metafísica, representada por el santanderino José Luis Hidalgo (1919-1947), que comienza su obra con el libro Raíz, en 1943. En el último año de su vida publica Los muertos, con poemas de preocupación religiosa.
 
   La segunda vertiente, social, la refleja el madrileño José  Hierro. La publicación en 1953 de su libro Quinta del 42 sirvió para denominar a los poetas que, como él, provenían de las revistas Corcel y Proel. La poesía de Pepe Hierro se centra en su momento, en su aquí y ahora, y es un reflejo de su vida (reportaje). En 1964 aparece el Libro de las alucinaciones, donde destaca su segunda faceta (alucinación) y su sensibilidad ante la realidad. Recientemente publicó Cuaderno de Nueva York.

Antología de
José Hierro (1957)

Antología de
Carlos Bousoño
   La corriente religiosa y existencial en que situamos a Blas de Otero, se tiñe de un tono metafísico en la obra de poetas como el valenciano Vicente Gaos (1919-1980), autor de Arcángel de mi noche (1944) o el asturiano Carlos Bousoño (1923). José María Valverde (1926) se asocia a una poesía arraigada en el cristianismo. Su libro Hombre de dios (1945) muestra inquietudes religiosas y entronca con la lírica de San Juan de la Cruz, cuyo centenario -ya se ha dicho- afectó a toda la poesía posterior a 1942.
 
    8.-  El guipuzcoano Rafael Múgica firmó sus mejores obras como Gabriel Celaya (1911-1991). Aunque comienza su poesía antes de la guerra, libros como Las cosas como son (1949) y Las cartas boca arriba (1951) lo asociaron a una poesía social, de expresión directa y prosaica, que culminaría en Cantos iberos (1955), quizá su obra más expresiva. Reunió una antología en 1975: Itinerario poético.

Itinerario poético por
Gabriel Celaya

    9.-  Una renovación poética se estaba anunciando a fines de los años 40.

Antología de Carlos
Edmundo de Ory
   Como recuerdo de los movimientos de vanguardia de principios de siglo, aparece el postismo. Su manfiesto aparece en diarios, como ABC, en 1945. Respaldado por Eduardo Chicharro y el gaditano Carlos Edmundo de Ory (1923), el nombre se forma sobre la preposición latina post -'después'- e indica que es el último movimiento de la vanguardia española. En líneas generales, coinciden con ésta en sus caracteres: poesía como juego, arte por el arte, creaciones lingüísticas, morfosintácticas, etc. Pese a no ser una poesía comprometida, chocó con la censura franquista.
 
   En una segunda etapa, incluyó nombres, como Ángel Crespo (1926-1997), nacido en Ciudad Real.
 
   Una revisión del surrealismo se lleva a cabo en la muy original poesía del aragonés Miguel Labordeta (1921-1969). La fantasía es la nota predominante de su obra, calificada de heterodoxa por su hermano, poeta y cantautor José Antonio Labordeta. Sumido 25 (1948) se considera una de ls cumbres de Miguel. La visión surrealista se asocia con la preocupación social y comprometida.
   Esta línea neosurrealista fue cultivada por el gallego Camilo José Cela (1916), en su libro, de título gongorino, Pisando la dudosa luz del día (1945).
 
   Pero el autor más importante de esta corriente fue el barcelonés Juan Eduardo Cirlot (1916-1973). Interesado por las vanguardias y el surrealismo, Cirlot fue más allá, al buscar en el subconsciente los signos y claves de la personalidad. Para ello tomó elementos del simbolismo, que, enseguida, quedaron integrados en una vasta cultura más amplia de lo habitual en su época. Después de Elegía sumeria (1949) llegará a escribir casi cincuenta obras, desde 1943, algunas de ellas publicadas póstumamente.

Primer volumen de
Poesías completas
de Miguel Labordeta

Reedición de la
Revista Cántico
   La revista cordobesa Cántico (1947-49 y 1954-57), dirigida por el grupo de poetas del mismo nombre, mostró una voluntad de conectar con el pasado inmediato: grupo del 27, y con el más remoto, especialmente, con Góngora y con la poesía de Córdoba.
 
   Pablo García Baena (1923) nació en esa ciudad y se le ha valorado como un precursor por las generaciones poéticas más jóvenes. A su especial sensibilidad, añade un toque de sensualidad gongorino e incluye la temática religiosa de los ritos y las procesiones. En 1946 publica Rumor oculto. Su fama ha ido en aumento hasta hacerle merecedor del Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1984.
 
   Compañeros suyos de grupo y movimiento fueron Ricardo Molina (1917-1969), que buscó una línea trascendente en libros como Corimbo (1949), o Juan Bernier.

    10.-  La Antología consultada de la joven poesía española (1952), editada por Francisco Ribes, marca el final de una escuela poética. Aunque continúe la poesía social, los nuevos autores cambian.

Cubierta de
Las personas del verbo
   Los años 50 y 60 presentan una generación que prefiere la poesía como conocimiento, frente a la poesía como comunicación, que había orientado los años anteriores.
 
   Entre los escritores de esta corriente, se distingue una escuela poética de Barcelona, representada por Jaime Gil de Biedma (1929-1990), que recopiló la casi totalidad de su poesía en el volumen Las personas del verbo (1975). Destacan en él sus análisis de situaciones cotidianas y sus deudas con poetas como Luis Cernuda. La crítica social o personal se acompaña de un entrañable sentido del humor y un conocimiento de la tradición poética española y anglosajona.
 
   Con él escribieron José Agustín Goytisolo (1928-1999), poeta de la sencillez y la cordialidad y Carlos Barral (1928-1989), que también analizaron las situaciones individuales sin descuidar la forma poética. El segundo destacó como editor de prestigio.
 
   Fuera de Barcelona encontramos al ovetense Ángel González (1925), autor de una poesía de base social, recopilada en Palabra sobre palabra (última ed. de 1986), influida por Antonio Machado.
 
   José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926), enriquece su lírica con una reflexión sobre el paso del tiempo
 
   Francisco Brines (Valencia, 1932) brilla por su capacidad de extraer conclusiones desde la anécdota. A partir de motivos aparentemente frívolos desemboca en meditaciones sobre la muerte. En su línea destaca Carlos Sahagún (Alicante, 1938)

Carlos Barral

Introducción a
Ángel González

Material memoria (1979)
   El zamorano Claudio Rodríguez (1934-) exalta el mundo rural y la armonía de la comunidad con tono eufórico desde su poemario inicial Don de la ebriedad (1954), compuesto de endecasílabos y heptasílabos de inspiración machadiana.
 
   Félix Grande, extremeño nacido en 1937, ha sabido unir la pasión y la sencillez, añadiendo un toque experimental en libros como Blanco spirituals (1967).
 
   Nacido en Orense, José Ángel Valente (1929-2000) representa, probablemente, el punto de inflexión entre esta poesía social y la siguiente promoción: la de los novísimos.

D.Miguel Pérez Rosado.
Doctor en Filología